Érase una vez, en el corazón de Quito, Ecuador, donde las calles empedradas susurraban secretos y las estrellas pintaban el cielo nocturno, vivía un hombre legendario llamado Cantuña. Su historia estaba tejida en el mismo tejido de la ciudad: una historia de coraje, astucia y un pacto con el Diablo.
Cantuña no era un hombre ordinario. Poseía un don raro: la visión de un arquitecto y las manos de un constructor. Cuando los franciscanos buscaron construir el atrio de la Catedral de San Francisco, recurrieron a él. Pero el tiempo era corto y el plazo se acercaba. Si el atrio no se completaba a tiempo, Cantuña no recibiría ningún pago.
