Había una vez, en el corazón de Argentina, una mujer llamada Isabella. Era conocida por su belleza, su largo cabello fluido y sus cautivadores ojos azules, bajo su encantadora apariencia, yacía un corazón oscuro.
Isabella era una madre devota de sus dos jóvenes hijos, Carlos y María. Los amaba más que a nada en el mundo. Sin embargo, la vida no fue amable con ella. Su esposo los había abandonado, dejándola sola para cuidar de sí misma y de sus pequeños. Isabella luchaba por proveer para su familia, trabajando incansablemente día y noche.
